En materia de seguridad vial hay un principio que no se discute: el peatón tiene prioridad. No es un capricho, es una necesidad. Es quien está más expuesto, el que no tiene ninguna protección frente a un vehículo. Por eso, tanto la lógica como la normativa (en un artículo de la Ley Nacional de Tránsito 24.449), lo colocan en un lugar de preferencia.
Ahora bien, hay algo que vale la pena decir sin vueltas: prioridad no es sinónimo de hacer cualquier cosa.
La Ley 24.449 es clara. Reconoce derechos, pero también establece deberes concretos para los peatones. Cruzar por las sendas peatonales, respetar semáforos, no irrumpir de forma imprevista en la calzada, son reglas básicas, conocidas por todos… Pero no siempre respetadas.
Y ahí es donde aparece el problema. Porque en la calle, lo que debería ser una excepción muchas veces se vuelve regla: personas cruzando por cualquier lado, mirando el celular, con auriculares, bajando a la calle sin siquiera chequear si viene un vehículo. Conductas que parecen insignificantes, pero que en términos de riesgo son enormes.
A esto se le suma un fenómeno muy actual: la distracción permanente. El celular cambió la forma de conducir, pero también la de caminar. Hoy vemos peatones completamente abstraídos del entorno, como si el tránsito fuera un detalle secundario. Y cuando uno es el eslabón más débil de una cadena, distraerse no debería ser una opción.

Del otro lado, por supuesto, también hay conductores que no respetan las velocidades, que no frenan en las sendas o que directamente desatienden la prioridad del peatón. Pero si la discusión se queda sólo en señalar al otro, el problema no se resuelve.
Desde el punto de vista legal, esto tiene consecuencias concretas. En un siniestro vial, la responsabilidad no se define automáticamente; se analiza la conducta de todos los involucrados. Y en ese análisis, el comportamiento del peatón pesa, y mucho.
Un cruce indebido, una aparición intempestiva o una distracción evidente pueden derivar en una distribución de responsabilidades distinta a la que muchos imaginan. Incluso, en ciertos casos, pueden atenuar o excluir la responsabilidad del conductor. No es una especulación teórica: es lo que ocurre en la práctica judicial todos los días.
Por eso, el enfoque tiene que ser más realista. La seguridad vial no se construye sólo con normas y controles. Se construye, sobre todo, con conductas.
En conclusión, el peatón tiene prioridad porque es el más vulnerable. Pero esa prioridad no lo exime de actuar con cuidado. La calle no es un espacio donde uno “ejerce derechos” en abstracto: es un entorno compartido, dinámico y muchas veces imprevisible.
Entender eso —y actuar en consecuencia— no es sólo cumplir la ley. Es, directamente, una forma de evitar que un error de segundos termine en una consecuencia irreversible.
Por Matías González, abogado diplomado en Seguridad Vial
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