Por qué "dejar de sorprendernos" es el peor de los peligros viales
Algo está cambiando en las calles porteñas y del Gran Buenos Aires. No se trata solamente del aumento del tránsito, de la incorporación de nuevas tecnologías o de nuevas formas de movilidad: lo que realmente cambió es nuestra relación con el riesgo. Por Matías González, abogado diplomado en Seguridad Vial.
Durante años discutimos –y aún seguimos haciéndolo–, cómo mejorar la infraestructura, si vale la pena incrementar los controles o endurecer las sanciones. Sin embargo, hoy el mayor desafío parece ser otro: estamos normalizando conductas que hace no mucho tiempo resultaban socialmente inaceptables.
La frase “a mí no me va a pasar” se convirtió, quizás sin darnos cuenta, en uno de los principios que rigen gran parte del comportamiento vial, ante una educación vial que va en declive en un mundo cada vez más informado.
Consultamos el celular mientras conducimos porque creemos que serán apenas unos segundos; cruzamos una barrera ferroviaria baja porque pensamos que el tren todavía está lejos; aceleramos para ganar un semáforo porque suponemos que podremos frenar a tiempo; estacionamos sobre una senda peatonal porque “es un minuto”. Cada una de esas decisiones parece insignificante cuando se analiza de manera aislada. Pero cuando millones de personas empiezan a pensar igual, el riesgo deja de ser una excepción y se convierte en cultura.
A esa realidad se suma una violencia vial cada vez más visible. La impaciencia reemplaza al respeto. La bocina sustituye al diálogo. La agresión parece imponerse sobre la convivencia. Adelantamientos temerarios, discusiones en plena calle, maniobras intimidatorias, intercambio de datos en plena autopista en caso de un siniestro leve, y una creciente intolerancia, forman parte de una escena cotidiana que ya casi no nos sorprende.
Peligros viales: dejar de sorprendernos y generar malos hábitos
También observamos fenómenos que hace pocos años parecían impensados: motociclistas circulando muchas veces sin casco y sin patente, realizando maniobras peligrosas o piruetas en plena vía pública, compartiendo el espacio con peatones y vehículos como si las reglas fueran opcionales. Lo preocupante no es sólo que ocurra, sino que empiece a ser visto como algo habitual.
Algo similar sucede con las nuevas formas de movilidad. Monopatines eléctricos, vehículos de una sola rueda y otros dispositivos llegaron con la promesa de ofrecer una alternativa sustentable y moderna para desplazarnos por las ciudades. Sin embargo, su crecimiento fue mucho más rápido que la adaptación de la infraestructura, de la normativa y, sobre todo, de la conducta de quienes los utilizan. En muchos espacios públicos y ciclovías, la convivencia dio paso a escenas que parecen más propias de una exhibición que de un ámbito de circulación segura.
No se trata de demonizar la innovación. La movilidad evoluciona y debemos acompañarla. Pero ninguna tecnología puede reemplazar al respeto por las normas ni el sentido de responsabilidad hacia los demás.
La Ley Nacional de Tránsito Nº 24.449 establece un principio tan simple como vigente: toda persona debe conducir con cuidado y prevención, evitando generar riesgos para terceros. Esa obligación no distingue si se conduce un automóvil, una motocicleta, una bicicleta o un vehículo de movilidad personal. El deber de cuidado es el mismo porque el valor protegido también es el mismo: la vida.
La verdadera transformación que necesita la Argentina no pasa únicamente por incorporar más cámaras, aplicar sanciones más severas o aumentar los controles. Todo eso puede ayudar, pero resulta insuficiente si como sociedad seguimos justificando aquello que sabemos que está mal.
Necesitamos dejar de admirar al que “zafó”, al que encontró la forma de eludir una regla o al que llegó unos segundos antes poniendo en riesgo a todos los demás. Respetar las normas no debería ser visto como un acto de ingenuidad, sino como una demostración de madurez y de compromiso con la comunidad.
Porque la seguridad vial no se construye cuando reaccionamos después de una tragedia. Se construye mucho antes, en esas pequeñas decisiones cotidianas que parecen insignificantes, pero que pueden marcar la diferencia entre volver a casa o cambiar una vida para siempre.
Quizás el mayor desafío no sea modificar la legislación. El verdadero desafío es recuperar una cultura del cuidado, dejar de pensar que las normas son obstáculos y entender que son acuerdos básicos para convivir.
Mientras sigamos creyendo que el riesgo siempre les pertenece a otros, seguiremos acumulando nombres en las estadísticas. El día que entendamos que cada infracción tiene una víctima potencial, habremos avanzado hacia una auténtica cultura de la seguridad vial.
Cada vez que una conducta riesgosa deja de sorprendernos, la seguridad vial retrocede un paso. Cada vez que la justificamos, retrocede dos.
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