El costo invisible de la ruta: cómo cambia la vida de un camionero según los kilómetros que recorre

Más del 80% de la producción argentina viaja en camión. Analizamos cómo el kilometraje impacta en los vínculos familiares, la soledad y la rutina de quienes hacen de la ruta su lugar de trabajo.

Redacción Parabrisas

Detrás de ese porcentaje hay un país de 3.700 kilómetros de norte a sur y decenas de miles de personas cuyo lugar de trabajo se desplaza. Buenos Aires–Mendoza son unos 1.050 kilómetros. Hasta Salta, 1.500. Hasta Ushuaia, cerca de 3.000.

De todo eso se habla bastante: costos, gasoil, peajes, estado de las rutas. De lo otro, no. Porque el kilometraje no cambia solo la logística. Cambia la vida social de quien maneja, y lo hace por tramos bastante definidos.

Hasta 300 kilómetros: ida y vuelta en el día

Acá todavía no hay problema. Salís temprano, volvés de noche, dormís en tu cama.

Es un trabajo cansador y es, socialmente, un trabajo normal. El asado del domingo sigue existiendo. El grupo de amigos sigue contando con vos. Los chicos te ven todos los días aunque sea un rato.

Casi nadie en esta franja piensa que el aislamiento sea parte del oficio, y tiene razón.

Entre 300 y 800: la primera noche afuera

Acá empieza el corrimiento, y es gradual, que es justamente lo que lo hace difícil de notar.

Dos o tres noches fuera por semana no parecen gran cosa. Pero son dos o tres noches de las que nadie en casa participa, y son también los martes en que no estuviste, el cumpleaños que caía justo ese día, el partido que mirabas con los mismos tres tipos desde hace diez años.

La vida social de un adulto se sostiene sobre repetición, no sobre intensidad. Faltar al encuentro semanal tres semanas seguidas no rompe ninguna amistad, pero deja de alimentarla. A los seis meses, el grupo sigue existiendo sin vos.

Más de 1.500: la semana larga

Acá el oficio pasa a definir la vida entera.

Una semana afuera, a veces dos. Dormir en la cabina. Comer en la ruta. Y el detalle que casi nadie menciona: la mayor parte del día se pasa en silencio, porque manejar solo es manejar solo.

En esta franja aparece algo que los que llevan años en la ruta describen igual: no es que extrañes a tu familia, eso es obvio. Es que dejás de tener conversaciones. Pedís un café, cargás combustible, firmás un remito. Ninguna de esas cosas es hablar con alguien.

Qué pasa en la cabina tras apagar el motor 

Lo primero, y conviene que quede dicho sin vueltas: nada de esto va mientras el camión se mueve. Manejar y mirar una pantalla son incompatibles, y en una cabina de catorce metros la distracción no se corrige.

Hablamos de lo que pasa después. El camión estacionado, el motor apagado, dos horas antes de dormir.

Durante años, ese rato fue radio, llamadas cortas y un teléfono con poca señal. Hoy es otra cosa, y cambió bastante lo que se puede hacer con él.

La diferencia práctica entre una llamada de voz y un video chat parece menor y no lo es. El audio transmite las palabras; la cara transmite si la persona está bien. Cualquiera que haya sostenido una relación a distancia solo por audio sabe en qué momento dejó de enterarse de las cosas.

Un videochat con la familia, veinte minutos, el mismo día de la semana, funciona mejor que tres llamadas improvisadas que nunca coinciden. Y funciona mejor todavía si es de a uno: hablar con los cuatro a la vez se convierte en un informe, hablar con uno se convierte en una conversación.

La parte que nadie resuelve con la familia

Hay un segundo problema, distinto, y es el que menos se nombra.

La familia cubre el afecto. No cubre el aburrimiento. Son las nueve de la noche en una estación de servicio en el medio de la nada, ya hablaste con tu casa, faltan tres horas para dormir y no tenés nada que hacer.

Para eso, lo que creció en los últimos años son las plataformas que emparejan gente por interés. Una videollamada con mujeres y hombres de otros países, emparejados por un idioma que se está aprendiendo o por algo que te interesa, llena exactamente ese hueco: media hora de conversación con alguien nuevo, sin que dependa de que alguien conocido esté despierto.

El uso más común, por lejos, es la práctica de idiomas. Para quien hace rutas internacionales hacia Brasil, el portugués deja de ser un detalle y pasa a ser una herramienta de trabajo.

Las cuatro reglas de oro de los conductores 

Tres costumbres que se repiten entre los que lo llevan bien:

  • Día y hora fijos con casa. No "cuando pueda". El martes a las nueve. Se puede mover, no se puede dejar caer.

  • De a uno. Un día tu pareja, otro día tu viejo, otro un amigo. Rotando. La llamada grupal sirve para las fiestas.

  • Veinte o treinta minutos. Las conversaciones por cámara cansan más rápido que las presenciales. Cortar con ganas es lo que hace que haya una próxima.

Y una cuarta, menos evidente: fijar la próxima antes de cortar. "La semana que viene" no es una fecha.

El fondo

El transporte argentino no va a dejar de ser largo. Las distancias son las que son, y el 80% de lo que se produce va a seguir subiendo a un camión.

Lo que sí se puede cambiar es la suposición de que el aislamiento viene incluido en el oficio. No viene incluido. Viene de que nadie organiza lo que no se organiza solo, y arriba de un camión no se organiza nada solo.

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